Mostrando entradas con la etiqueta DIA DE MUERTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DIA DE MUERTOS. Mostrar todas las entradas

Noche de Muertos en Zirahuén


Foto: ALAN ORTEGA
Noche de Muertos en Zirahuén Michoacan

Dia de muetos en el Mexico Prehispanico

Dia de muetos en el Mexico Prehispanico

La ofrenda en el panteón del poblado de La Montaña Gro.


Para los antiguos mexicanos, la Muerte no tenía las connotaciones morales de la religión católica, en la que las ideas de infierno y paraíso sirven para castigar o premiar. Por el contrario, ellos creían que los rumbos destinados a las almas de los muertos estaban determinados por el tipo de muerte que habían tenido, y no por su comportamiento en la vida.

De esta forma, las direcciones que podrían tomar los muertos son:

El Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia.

A este sitio se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, los que morían por efecto de un rayo, los que morían por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia. Aunque los muertos eran generalmente incinerados, los predestinados a Tláloc eran enterrados, como las semillas, para germinar.

El Omeyocan , paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra.

A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Estas mujeres eran comparadas a los guerreros, ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañarán al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Dentro de la escala de valores mesoamericana, el hecho de habitar el omeyocan era un privilegio.

El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes.

Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores y hermosas.

Morir en la guerra era considerada como la mejor de las muertes por los aztecas. Por incomprensible que parezca, dentro de la muerte había un sentimiento de esperanza, pues ella ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.

El Mictlán , destinado a quienes morían de muerte natural.

Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.
El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él, las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo, las almas llegaban al Chignahuamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos. Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcátl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.

Por su parte, los niños muertos tenían un lugar especial, llamado Chichihuacuauhco , donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran.

Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.

Los entierros prehispánicos eran acompañados de ofrendas que contenían dos tipos de objetos: los que, en vida, habían sido utilizados por el muerto, y los que podría necesitar en su tránsito al inframundo. De esta forma, era muy variada la elaboración de objetos funerarios: instrumentos musicales de barro, como ocarinas, flautas, timbales y sonajas en forma de calaveras; esculturas que representaban a los dioses mortuorios, cráneos de diversos materiales (piedra, jade, cristal), braseros, incensarios y urnas.

Las fechas en honor de los muertos son y eran muy importantes, tanto, que les dedicaban dos meses. Durante el mes llamado Tlaxochimaco, se llevaba a cabo la celebración denominada Miccailhuitntli o fiesta de los muertitos, alrededor del 16 de julio. Esta fiesta iniciaba cuando se cortaba en el bosque el árbol llamado xócotl, al cual le quitaban la corteza y le ponían flores para adornarlo. En la celebración participaban todos, y se hacían ofrendas al árbol durante veinte días.
En el décimo mes del calendario, se celebraba la Ueymicailhuitl, o fiesta de los muertos grandes. Esta celebración se llevaba a cabo alrededor del 5 de agosto, cuando decían que caía el xócotl. En esta fiesta se realizaban procesiones que concluían con rondas en torno al árbol. Se acostumbraba realizar sacrificios de personas y se hacían grandes comidas. Después, ponían una figura de bledo en la punta del árbol y danzaban, vestidos con plumas preciosas y cascabeles. Al finalizar la fiesta, los jóvenes subían al árbol para quitar la figura, se derribaba el xócotl y terminaba la celebración. En esta fiesta, la gente acostumbraba colocar altares con ofrendas para recordar a sus muertos, lo que es el antecedente de nuestro actual altar de muertos.

Para los antiguos mexicanos, la Muerte no tenía las connotaciones morales de la religión católica, en la que las ideas de infierno y paraíso sirven para castigar o premiar. Por el contrario, ellos creían que los rumbos destinados a las almas de los muertos estaban determinados por el tipo de muerte que habían tenido, y no por su comportamiento en la vida.

De esta forma, las direcciones que podrían tomar los muertos son:
El Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia. A este sitio se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, los que morían por efecto de un rayo, los que morían por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia. Aunque los muertos eran generalmente incinerados, los predestinados a Tláloc eran enterrados, como las semillas, para germinar.


El Omeyocan , paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Estas mujeres eran comparadas a los guerreros, ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañarán al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Dentro de la escala de valores mesoamericana, el hecho de habitar el omeyocan era un privilegio.

El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores y hermosas.

Morir en la guerra era considerada como la mejor de las muertes por los aztecas. Por incomprensible que parezca, dentro de la muerte había un sentimiento de esperanza, pues ella ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.

El Mictlán , destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.

El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él, las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo, las almas llegaban al Chignahuamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos. Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcátl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.
Por su parte, los niños muertos tenían un lugar especial, llamado Chichihuacuauhco , donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.

Los entierros prehispánicos eran acompañados de ofrendas que contenían dos tipos de objetos: los que, en vida, habían sido utilizados por el muerto, y los que podría necesitar en su tránsito al inframundo. De esta forma, era muy variada la elaboración de objetos funerarios: instrumentos musicales de barro, como ocarinas, flautas, timbales y sonajas en forma de calaveras; esculturas que representaban a los dioses mortuorios, cráneos de diversos materiales (piedra, jade, cristal), braseros, incensarios y urnas.

Las fechas en honor de los muertos son y eran muy importantes, tanto, que les dedicaban dos meses. Durante el mes llamado Tlaxochimaco, se llevaba a cabo la celebración denominada Miccailhuitntli o fiesta de los muertitos, alrededor del 16 de julio. Esta fiesta iniciaba cuando se cortaba en el bosque el árbol llamado xócotl, al cual le quitaban la corteza y le ponían flores para adornarlo. En la celebración participaban todos, y se hacían ofrendas al árbol durante veinte días.

En el décimo mes del calendario, se celebraba la Ueymicailhuitl, o fiesta de los muertos grandes. Esta celebración se llevaba a cabo alrededor del 5 de agosto, cuando decían que caía el xócotl. En esta fiesta se realizaban procesiones que concluían con rondas en torno al árbol. Se acostumbraba realizar sacrificios de personas y se hacían grandes comidas. Después, ponían una figura de bledo en la punta del árbol y danzaban, vestidos con plumas preciosas y cascabeles. Al finalizar la fiesta, los jóvenes subían al árbol para quitar la figura, se derribaba el xócotl y terminaba la celebración. En esta fiesta, la gente acostumbraba colocar altares con ofrendas para recordar a sus muertos, lo que es el antecedente de nuestro actual altar de muertos.

kin chulelal (la fiesta de las almas) Chiapas

El panteón de El Romerillo era una pequeña montaña, donde había muchos monos araña y otros animales, y cuando quisieron parar las cruces que “sirven para proteger a las almas”, éstas caían una y otra vez. “Entonces, un grupo de ancianos sugirió que se hiciera una ceremonia, se disfrazaran de monos y bailaran acompañados con música tradicional y cantos dedicados a los dioses del cielo y de la tierra. Sólo así fue posible mantener paradas las cruces”.

Desde entonces se conserva esa tradición del baile de los mashes (monos), indígenas disfrazados con una vestimenta peculiar (pantalones de gamuza y muchos listones), lentes oscuros y un gorro cónico, tocan música tradicional con guitarras, arpas y acordeones y bailan y cantan. Estas costumbres han permitido que las cruces permanezcan en pie y la gente se concentre cada primero de noviembre a festejar.

López Jiménez

investigador tzotzil



La comunidad indígena del El Romerillo, municipio de San Juan Chamula, Chiapas, . Uno de los referentes son las cruces de madera que, según la tradición, protegen las almas de los difuntos, y sirven para delimitar el área que pertenece a cada pueblo indígena.

En Tenejapa, entierros en casa


A diferencia de El Romerillo y del resto del país, que celebra a sus difuntos en los panteones, en la mayoría de comunidades del municipio tzeltal de Tenejapa, el Día de Muertos se festeja en las casas porque, según la tradición, los fallecidos son enterrados dentro de éstas y no en cementerios.
Esa costumbre, dice Xuno López, coordinador del área de medios del Centro Estatal de Literatura, Artes y Lenguas Indígenas (CELALI), “quita a la familia el peso de sentir en el corazón que se perdió a alguien físicamente por que al enterrarlo dentro de la vivienda está con uno”.
En cambio, agrega, “enterrar al difunto afuera de la casa se le maltrata a él y a su espíritu porque se moja y es una falta de respeto hacia la persona que se muere. Es parte de la familia y por ello se queda en la misma casa, aunque haya muerto”.

ENTIERROS EN CASA

Otra costumbre que prevalece en localidades de Tenejapa, señala, es sepultar envueltas en petate, y no en ataúdes, a las personas fallecidas. “Los grandes gobernantes, por ejemplo, se sentaban en petates y tal vez porque quedan esas nociones y esa simbología dentro de la cultura, las personas se prefieren ir envueltas en ellos, con la idea quizá de que a lo mejor sólo están dormidas como lo hacen cada noche que se acuestan sobre el petate”, expresa.

“En Tenejapa tenemos la costumbre de enterrar a nuestros muertos dentro de la casa; es una costumbre ancestral. Literalmente se convive con el muerto, aunque cada vez son menos las comunidades que lo hacen”, manifiesta López.

Altar con flor, fruta y otras cosas

En el lugar donde están los restos de sus abuelos se construye en estas fechas el altar con juncia, flor amarilla, frutas y otras cosas. “Ahí nos reunimos la familia desde el 28 (de octubre) para arreglar todo y preparar la celebración del primero de noviembre, que es un momento de compartir con la familia y la comunidad porque entre familias nos invitamos para visitar cada casa. Es una pachanga y vamos comiendo tamales, carne, panes, fruta”.

Además de estas particularidades, en las comunidades de Tenejapa se conservan otras tradiciones relativas al Día de los Difuntos. Una parte de habitantes todavía lo celebra entre el 15 y el 18 de octubre, pues según el calendario maya en esos días comienza el mes. “Los que celebran en esas fechas son los tradicionalistas, que son un cinco o seis por ciento ya de la población”.

http://www.conecultachiapas.gob.mx/celali/promo.htm

http://www.jornada.unam.mx/2008/11/01/index.php?section=estados&article=031n1est

.

Xantolo-Mijkailuitl-Fiesta de muertos





XANTOLO - MIJKAILUITL





Xantolo es la fiesta de fiestas en la Huasteca hidalguense; reúne a vivos, muertos y santos.



Es algo familiar, íntimo y nuestro; no podemos prescindir de ella, dicen los lugareños .


Xantolo, Sancta Sanctorum o Día de Muertos, que en la huasteca hidalguense, alcanza niveles de misticismo, y para el indígena es "algo familiar, íntimo y nuestro, que no podemos prescindir de esa fiesta".


Cada año, el dios Miktlantekojtli otorga su permiso para que los espíritus de los difuntos salgan del Mictlán o Reino de los muertos, y pudiedan, así, emprender el viaje de regreso a la tierra para visitar a sus familiares y seres queridos que aún viven.


Durante esta temporada, los caminos, veredas, casas y panteones, se tiñen de color amarillo y morado, colores típicos del cemposúchil y la "mano de león", la gente arma sus altares con velas, copal y les coloca en las mesas los alimentos que en vida consumían. En esta zona la base son los tamales, pan, chocolate, aguardiente, café y mole.


Por estos días, provenientes de la orilla del Semijkayotl o Eternidad, los niños y adultos ya fallecidos estuvieron entre los todavía vivos para comer, beber y danzar ataviados con máscaras y disfraces, herramientas fundamentales a fin de poder burlar a la muerte, obstinada en llevarse sus ánimas.



Los espíritus llegan guiados por los cohetes lanzados desde las casas, por los caminitos amarillos de pétalos de flor de cempasúchil que sus familiares hacen desde los altares hasta la calle, por el humo del copal salido de los sahumerios y por los arcos floridos colocados ante las ofrendas, famosos aquí en la Huasteca.





Se trata de una fiesta de recogimiento y alegría, de una fiesta de vida organizada por los vivos en honor a los muertos, como indican las más ancestrales creencias indígenas, y no en honor de todos los santos, como lo propone el calendario del cristianismo católico.



Aunque en realidad lo que se observa en gran parte de las ciudades y pueblos es un sincretismo entre el antiguo Mijkailuitl o Fiesta de muertos y el Xantolo, voz nahuatlizada referida a la palabra en latín Sanctorum que, en español, quiere decir Todosantos.



De hecho, el Mijkailuitl mesoamericano se celebraba dos meses antes de las actuales fechas católicas, el 31 de julio y el 1° y 2 de agosto, como explica el lingüista, profesor, comunicador y respetado promotor cultural nahua Refugio Miranda San Román.



Las vaciladas de Macuxtepetla








Aunque las fechas del Xantolo –como más se le conoce en el mundo mestizo a los Días de Muertos en la Huasteca– comienzan el 24 de junio con la siembra de las semillas de flor de cempasúchil y siguen después otras fechas preparatorias que anuncian que los difuntos van a llegar, es el 30 de octubre cuando arrancan de lleno.



Este martes 30 de octubre en las casas se arreglaron los conocidos arcos de bejuco forrados de palmillas y adornados con ramos de flores de cempasúchil. Tras ellos se colocaron los altares, y sobre éstos, la ofrenda básica de sahumerios, copal, ceras o velas, frutas y pan.



El día 31 es cuando se espera a los angelitos o niños muertos. En casas de la ciudad de Huejutla y de comunidades vecinas se veían ya las ofrendas para los niños, quienes llegaron a partir del mediodía: comida sin chile, tamales, chocolate y otras golosinas, además de juguetes y ropa nueva.



Pero la algarabía esencial deambulaba por las calles en forma de cuadrillas de danzantes. En Macuxtepetla un grupo de jóvenes, acompañados de un trío de violín, jarana y guitarra huapanguera ofrecía en los patios de las casas la Danza de los viejos.



Hombres enmascarados de viejos y sus “parejas” (varones disfrazados con vestidos, sombreros con moños y paliacates en los rostros), ejecutaban sones como El zopilote, El cazador o El toro en los solares caseros.


De tanto en tanto, algunos danzantes encabezados por el capitán se acercan al jefe de familia y le piden dinero, mientras lo vacilan en náhuatl con sugerencias relativas a las “mujeres” que los acompañan.


El riesgo del “Xantolowen”



El día 1° de noviembre es cuando, en general, en la Huasteca se espera a los difuntos adultos. Así sucedió este jueves en la cabecera municipal de Huautla y en sus comunidades.


Antes, durante el trayecto mañanero desde Huejutla, por una radiodifusora local una voz también criticaba la influencia cada vez mayor del Hallowen. Los Días de Muertos son una “fiesta de vida, con sentido místico”, mientras que el Halloowen es una “fiesta del horror”, decía.
Incluso, por la tarde, en una cervecería de Huatla, mientras un grupo de jóvenes bailaba con máscaras de plástico y diseños de monstruos y superhéroes, unos parroquianos cuarentones los vacilaban y les decían que así no era, que eso más bien parecía un “Xantolowen”.



Por la mañana, en pleno centro de Huautla, doña Beta muestra su arco, altar y ofrenda, coronados por un “cielo de frutas” que cuelga de cañas. Ella no lo sabe aún, pero ha ganado el primer lugar del concurso local.



Así lo comenta Wenceslao Alvarado Flores, del área de cultura del ayuntamiento, quien además guía un recorrido por otras casas y barrios de la cabecera y por dos comunidades cercanas: Pahuatitla y Cuatenahuatl.


En el semiurbano Barrio Hondo, en Huautla, tres Diablos con trajes rojos, embozados con tela de igual color y cadenas de fierro encabezan a un grupo que baila por las casas la Danza de los matlachines.


Ellos portan ropas viejas de hombre y “ellas” (ellos) utilizan vestidos de sus mamás o minifaldas y blusas ombligueras de sus hermanas. Todos llevan máscaras de trapo. Los acompaña un joven en la guitarra y el violinista Vicente Reyes López, alias El Querreque.


A las 12 agarran todos para el patio de la casa de doña Florencia Escudero Bravo, quien ofrece a los visitantes mole con pollo, frutas, refrescos y cerveza. Los niños muertos regresan al otro mundo, pero llegan los adultos.



Afuera, uno de sus hijos lanza al cielo varios cohetes, mientras su nuera hace un caminito de pétalos amarillos y ella prende las velas del altar, colocadas en una capillita exterior a la casa. Son las guías para sus difuntos.


En Pahuatitla se pudieron apreciar dos danzas: una de Matlachines y otra de Cuanegros, ésta última en la que “un negro” y “un español” se disputan los favores de “una mexicana”.
Para el 2 de noviembre la fiesta se traslada a los panteones municipales y comunitarios, donde también llegan cuadrillas de danzantes con sus músicos, bandas de viento, se ofrecen misas, como en la celebración de la Santa Cruz.



La despedida


Y sobre una cama de flores se ponen un rato las ofrendas de comida, que luego se comparte con familiares, amigos y quien esté cerca, como se ha hecho durante los días 1° y 2 con cualquier visitante que llegue a una casa en la Huasteca.


El visitante también representa a los difuntos que llegan del Mictlán o Reino de los muertos, por eso se le trata bien y se le recibe con alegría, ha escrito el profesor Refugio Miranda.
Al día 2 de noviembre le llaman la “bendición de los difuntos” o despedida, pues se trata de un hasta luego a los espíritus visitantes. Este día los ahijados visitan a los padrinos y entre ambos intercambian alimentos de sus ofrendas u otros obsequios.



Aunque en realidad no ha concluido todo el Xantolo o Mijkailuitl, pues el día 9 se realizará el “novenario de las ánimas”, que también incluye algunas ofrendas como tamales y chocolate.
Y el día 30, cuando también se ponen ofrendas, se quema lo que queda de las ceras o velas, se desarma el arco, se levanta el altar y se guardan las flores secas de cempasúchil, que se sembrarán en junio del año próximo.


Computadoras e identidad



El Xantolo o Mijkailuitl es en realidad parte de todo un ciclo anual de festividades y rituales indígenas que incluye el carnaval, la Semana Santa y los Días de Muertos.
Así se plantea en el libro De Carnaval a Xantolo, contacto con el inframundo (CNCA), libro coordinado por la antropóloga y especialista en danza Amparo Sevilla y que, entre sus ensayistas, cuenta al propio Miranda San Román, considerado uno de los sabios indígenas contemporáneos de la Huasteca, conocedor profundo de su lengua materna, el náhuatl, y respetado en las comunidades y municipios vecinos.


Y como el propio Miranda comparte, pese a las influencias de la modernidad y el consumismo comercial, el Xantolo o Mijkailuitl no desaparecerá y deberá resistir esos embates, como lo ha hecho hasta ahora, pues se trata de la fiesta más importante para todos los huastecos, mestizos e indígenas.


“Quizá podríamos prescindir del carnaval, pero del Xantolo no”, dice, y para fortalecer aún más la tradición recomienda estar pendientes de qué cambios son posibles y cuáles otros no.
Por ejemplo, lanza, los ancianos que aún están en plenas facultades mentales y en el clímax de su sabiduría, podrían dar conferencias y charlas en las escuelas para que los niños y jóvenes sepan cuáles son los elementos esenciales de estas celebraciones, como el amor entre los familiares vivos y muertos, la convivencia comunitaria, la fiesta, los orígenes ancestrales de los nahuas, los huastecos y, en general, de los mexicanos.


“No me opongo a la modernidad. Puedo manejar la más sofisticada de las computadoras, pero a la vez saber que yo tengo una raíz, conocerla a fondo y poderla legar a mis hijos y nietos para que sepan de dónde vienen. Nos falta hacer un poco de memoria para no deshumanizarnos. El hombre se está haciendo cada vez más una máquina.
*



Un señor le dijo a su esposa, prepara unos tamales, una comida. La mujer sólo hizo chile, no mató a su puerco. Cuando las ánimas ya se iban, se encontraron en el camino y platicaron:


-Tú qué comiste.
-Yo, pollo.
-Yo comí puerco.
-Yo comí tamales.
-Yo puro chile. Y le iba ardiendo todo.


Al otro día, el señor dijo: "voy a matar a mi puerco", pero le dio sueño, se acostó y ahí murió.
Por eso es bueno poner tamales y café. Poner un arco y prender sus veladoras.


Articulo; Las Calaveritas

Las Calaveritas



La muerte para los mexicanos, más que un concepto, es una expresión de su identidad. Sin embargo, su sentido jocoso, manifiesto en las calaveras, es más reciente, y su padre indiscutible es el grabador José Guadalupe Posada (1852-1913), quien utilizó las figuras descarnadas provenientes de las tradiciones medievales y prehispánicas con el sentido socarrón del carácter popular mexicano, espíritu de ahuizote, irreverente, que ya había hecho acto de presencia, a principios del siglo XIX, en la literatura de José Joaquín Fernández de Lizardi y, a mediados de esa centuria, en románticos mexicanos como Guillermo Prieto, pero que se consolida en la tradición popular del siglo XX.
Este imaginario mexicano de la muerte ha evolucionado del carácter sagrado en los tiempos antiguos al carácter sincrético y festivo del presente; sin embargo, pese a las calaveras literarias, es dudoso sostener, aun como idea fundamental, que el mexicano se ría de la muerte, como afirma, entre otros, Octavio Paz en El laberinto de la soledad.

Más bien, como observa Paul Westheim [crítico de arte y especialista en arte precolombino e historiador del arte mexicano], en esta tradición el mexicano se ríe -por no llorar- de la vida, de sí mismo y de su destino, cuyo consuelo final es la muerte, donde se igualará con todos los que, en el imaginario popular de raíz católica, son inalcanzables en esta vida.

Como sostiene el mismo Paz, se trata de una de las máscaras del mexicano, el exterior del enigma que más ha impresionado a los extraños que se acercan a este fenómeno necrófilo nacional.

Paul Westheim sostiene que hay una pervivencia de la percepción prehispánica de la existencia en las imágenes y costumbres relacionadas con la muerte:

La carga psíquica del mexicano que da un tinte trágico a su existencia, hoy como hace dos y tres mil años, no es el temor a la muerte, sino la angustia ante la vida, la conciencia de estar expuesto, y con insuficientes medios de defensa, a una vida llena de peligros...

Y esa angustia ha pasado también a las manifestaciones de alta cultura, sobre todo en la pintura y en la literatura, donde la muerte es una presencia constante, una búsqueda, una obsesión que se podría calificar de metafísica, porque define lo mexicano o la mexicanidad en autores como Netzahualcóyotl ("aunque sea de jade, se quiebra..."), Sor Juana Inés de la Cruz ("Conque con docta muerte y necia vida,/viviendo engañas y muriendo enseñas", dice a una rosa), Xavier Villaurrutia (en su Nostalgia de la muerte ) y José Gorostiza (con Muerte sin fin ), en poesía; o en narradores como Juan Rulfo, cuya novela Pedro Páramo , cumbre de las letras nacionales, muestra precisamente nuestra convivencia con la muerte y nuestros muertos.

Tezcatlipoca: los días aciagos

Según el calendario solar prehispánico, de los 365 días del año cinco son aciagos. Mas en la cotidianidad de la vida de los pueblos antiguos predominaba la incertidumbre. El dios que rige esta inestabilidad es Tezcatlipoca, una especie de Dionisos mexica, que conduce todos los excesos pero que también los castiga, que un día eleva a los hombres y al siguiente los abate (Westheim, 1971).
El mismo rey poeta, Netzahualcóyotl, expresaba esa angustia en sus poemas, cantos a la fugacidad y la vulnerabilidad de la vida:

En vano he nacido, en vano he venido a salir de la casa del dios de la Tierra, ¡Yo soy menesteroso! Ojalá en verdad no hubiera salido, que de verdad no hubiera venido a la Tierra…

En cierto momento difícil de su existencia, Netzahualcóyotl reclama a la divinidad, Moyocoyatzin, el que se inventa a sí mismo, tanta inclemencia; pero también acepta que esa arbitrariedad es parte de la agonía de la existencia:

Nadie puede estar a su lado, tener éxito, reinar en la Tierra

Paradójicamente, en esa volubilidad los antiguos también veían la esperanza de la continuidad de la vida, que no era la esperanza de una existencia eterna en un más allá, sino la posibilidad de retornar a la vida en otro ciclo, como en el Popol Vuh , donde los dioses gemelos descienden al Inframundo y triunfan sobre la muerte para dar lugar a la existencia del hombre. Paul Westheim destaca que más que una conciencia o noción de inmortalidad, en el México antiguo existía la creencia en "la indestructibilidad de la fuerza vital, que subsistía más allá de la muerte".

Los astros, los colibríes, el maíz son representaciones de esa potencia que emana de los dioses. El colibrí es símbolo de la resurrección de Huitzilopochtli, el Sol. La Luna dijo a los hombres: "Lo mismo que yo muero y renazco, vosotros moriréis para renacer después." Centéotl, el dios del maíz, muere para renacer.
La convivencia con la muerte era natural; por eso en todas las manifestaciones del arte antiguo los hombres coexisten con los descarnados, con las calaveras. Y en el imaginario colectivo se podía hablar con los muertos; morir era como un simple 'cambio de domicilio'. Todo fallecimiento era sagrado: el de los ahogados, el de las mujeres en el parto, el de los niños, el de los guerreros y, sobre todo, el de los sacrificados a los dioses.

Al morir de enfermedad general se descendía durante nueve años rituales al Mictlan; los niños iban al Xochatlapan; los guerreros y las mujeres muertas en el parto acompañarían a Huitzilopochtli, y al Tlalocan irían los ahogados (Matos Moctezuma, 1997).

Pero como dice Eduardo Matos Moctezuma, a la muerte, como la concebían los antiguos, también le llegó su muerte con la conquista de los españoles y la imposición de una nueva noción del ciclo de vida. Una concepción también sangrienta representada en el Cristo sacrificado, que le dio jaque a Huitzilopochtli, como se lee en el cuento Chac Mool , de Carlos Fuentes, y que sobrepuso a las tradiciones 'paganas' las formas del terror medieval a la muerte, sólo soportable en la esperanza de una vida eterna en el más allá, esperanza que se expresaba constantemente en los Memento mori (acuérdate de la muerte), las representaciones pictóricas de las vanitas vanitatum (vanidad de vanidades) y las danzas macabras, que llegan con la concepción cristiana de la España de fin del Medievo y se refuerzan en el Barroco y la Contrarreforma religiosa.

La muerte chocarrera

Como en la época prehispánica, la muerte es para los mexicanos una madre -suplida después de la conquista por la Virgen de Guadalupe-; es, además, una celebración de la vida, un consuelo, un viaje a otro mundo menos triste que éste y, por lo tanto, casi un retorno al útero. La muerte, en su imagen actual, también es la venganza contra aquellos que se sueñan inmortales, pues la realidad, según nuestra herencia medieval española, es el inevitable fin de la vida terrena.

En el siglo XIX, después de la caída del imperio de Maximiliano de Habsburgo, en la prensa nacional cobró fuerza la caricatura política como una forma de la crítica a las fuerzas conservadoras. Pero es con José Guadalupe Posada y su editor, Antonio Vanegas Arroyo, ya en ese México porfirista que excluye de la modernidad positivista a vastos sectores sociales, cuando las calaveras hacen su aparición para, en una paródica reinterpretación de las danzas macabras medievales, criticar con humor las vanidades de los sectores sociales egoístas y de los políticos ambiciosos y corruptos de la época.

Estas calaveras -la mayoría de autores anónimos- consisten en versos jocosos, octosílabos, en general décimas o coplas (lo que hace imaginar que también se podían acompañar con música o que retoman la tradición medieval del cancionero), que aparecen al pie de ilustraciones de personajes descarnados, caricaturizados, pero que asumen los papeles que se critican, ya sean populares, de profesiones o de quienes están en el candelero político o social.

La tradición de las calaveras se arraigó en México por la celebración del día de muertos, junto con algunos otros fenómenos literarios, como la representación de Don Juan Tenorio , de José Zorrilla, que tuvo gran éxito a fines del siglo XIX, y cuyo montaje, incluso con variantes paródicas, se convirtió en una costumbre de esa temporada, pues su mensaje final concordaba con esa visión picaresca de la vida mexicana, que permite pecar desaforadamente y arrepentirse en el último instante de la vida para lograr el perdón divino; cinismo que, por cierto, no perdonan las calaveras.

En éstas, el dibujo de una muerte chocarrera carga con los personajes más reputados de cada época, dibujados también como calaveras, ya sea con los rasgos del aludido o, como en las calaveras de azúcar, con letreros o pequeños epitafios que los identifican y hacen el recuento de sus defectos o sus venalidades -los pecados de la tradición medieval-, que los hacen merecedores de un lugar en este panteón popular. Como en la Edad Media , cuando la muerte cumplía una función 'democratizadora' de la justicia divina, las calaveras constituyen una "crítica social que deja profunda impresión en los ánimos, precisamente por salir de la desdentada boca de la muerte, la imparcial, la insobornable" (Westheim, 1971).

Desde luego, las calaveras también tienen un carácter fraterno y, así, se pueden dirigir a los amigos o a los personajes queridos, pero destacando en este caso sus virtudes, como en las calaveras de azúcar que se regalan a los niños o que se regalaban algunos enamorados:

El que anda de enamorado y a una mujer echa un reto no se figura el menguado que enamora a un esqueleto.

Asimismo, la muerte se manifiesta en las calaveras como una presencia democrática que abate por igual a los tiranos, lo que nos recuerda la última etapa de la Edad Media en Europa, cuando ante las pestes y las enfermedades los poderosos no tenían ninguna defensa contra la muerte y sucumbían al igual que los pobres. Las Calaveras en montón son un ejemplo de esta visión de la muerte:

Es una verdad sincera lo que nos dice esta frase: que sólo el ser que no nace no puede ser calavera. ... Es calavera el inglés, calavera, sí señor, calavera fue el francés y Fauré y Sadi Carnot. El chino, el americano, el papa y los cardenales, reyes, duques, concejales y el jefe de la nación en la tumba son iguales: calaveras del montón .... Los ricos por su elegancia, los rotitos con redrojos, los pobres por su miseria, los tontos por su ignorancia, los jóvenes por su infancia, los hombres de edad madura, todos en la sepultura, con las viejas, ¡qué ficción!, serán, como dice el cura: calaveras del montón.

Sin embargo, ante los avances de la ciencia y la pérdida de efectividad de La Parca , la muerte se ha convertido para nosotros -el día de muertos- en una jornada de desfogue carnavalesco, donde los políticos, los poderosos, los corruptos y los arbitrarios son puestos en su lugar por esta quijotesca muerte -también dibujada por Posada-, desfacedora de entuertos y protectora de los desvalidos y los huérfanos, quien en breves sentencias expresa los agravios y la condena inexorable. Empero, el antídoto contra este sublimado deseo de muerte está en la misma sentencia jocosa, pues como dice la sabiduría popular, "hierba mala nunca muere".

Investigación de Francisco Emilio de la Guerra